El humo que amana de tus poros tras la lluvia te hace pensar que todo es efímero; va y viene. Ni siquiera sospechamos el destino del hálito que brota a carcajadas de nuestra corteza. Crecemos para vivir, vivimos para crecer, crecemos viviendo, vivimos creciendo, ¿otra más?. Por el costado te asoman los musgos de tu aletargada vida. A veces tienden a formarnos impresiones innecesaria de lo que respecta a la vida; pero ahí están, son manchas que quedan en la piel. La corteza de nuestras vidas se tiñe con el viento, el agua, el rocío, los poemas a medio terminar tallados con una navaja china, las lágrimas del cielo, la soledad de la noche, la parsimonia del tiempo y hasta de los cánticos de los pájaros. Crees tener la corteza dura, crees poseer la coraza firme y estoica ante tantos caprichos de la maldad; ahí estás, soportando la inclemencia, habilitando vías de desdicha pero te haces el imbécil.

Vives a la hora de no vivir y caes por entre las rendijas que ha demarcado tu destino. Ríes a veces, es cierto, pero no sueñas con que eso se vuelva una costumbre. Te redimes a escapar de la realidad. Cuentas las horas, las baldosas, las hojas inertes...¿y la inmensidad cuándo?... ¡No te atrevas a contar las estrellas!, dice tu ser interior. Contar, narrar o explicar lo imposible, ¿es acaso eso posible? ¿a dónde van a parar las ansias por perpetuar tal logro?. Todo muere -creo yo- con un NO.
Caminas por un círculo sin fin que no sabes cómo llamarlo. Suena de fondo George Harrison con su guitarra despampanante. Analizas el entorno y sigues caminando. ¿Qué llevó a que todo esto quede vacío, inerte y hasta baldío?. No sólo atemorizas tu vida, sino que la del resto. Tu corteza entonces se debilita porque te has ceñido en la pedancia. Te carcome saber el por qué, pero ni siquiera te has dado cuenta. Vuelves las páginas del libro, recapitulas y crees que en nada has fallado. Luego te revuelcas del dolor, sin saber el por qué de tus actos. Te arrastras como una culebra; y así rememoras a Darwin. Caes, luego... ¿qué se yo?.
La cuerda es débil y delgada, en algún punto se va a cortar; por estos días sólo caminas en círculos, no te das cuenta qué acontece. Caminas en círculos y te vas quedando sólo. Te ciñes a la idea que nada tiene solución y sigues caminando en círculos. Luego agarras un bote, te cansas de caminar. Navegas por aguas desconocidas y no te apetece la idea de continuar navegando por la calma. Remas y remas hasta encontrar un desparpajo parecido a ti. Tu meta es llegar -claramente- a la mitad del océano de tu corteza.
La corteza de tus días se debilita con el trajín; ese bastardo y poco vanidoso proceso de interacción. Te salen ramas. Vuelves a Darwin, vuelves a caminar en círculos.
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