jueves, 18 de julio de 2013

In situ: Valdivia es la capital cervecera de Chile.

Traspies, sinsabores, aciertos y derroches de dinero. Muchos factores y sensaciones hicieron que me involucre en los más diversos antros valdivianos en busca de la receta perfecta, aquella que no está en ningún libro, ni en la del más ávido cervecero europeo, aquella receta llamada Valdivia Capital cervecera y sus consecuencias tras una noche de carrete con copete abc1.

Una gran verdad.
Foto: Luis Felipe Alfaro Bohle.

Por:Luis Felipe Alfaro Bohle. (Periodismo gonzo)




Ya van casi cuatro años desde que llegué proveniente de Puerto Montt a estudiar a Valdivia. He hecho muchas cosas, desde abandonar una carrera porque lisa y llanamente no me gustó, hasta comprar javas y javas de cerveza para alentar a la roja cada vez que jugaba. Digamos que todo esto no fue pérdida de tiempo, si no que más bien, fue una pincelada a cómo es vivir -de boliche en boliche- como interpretaban Los Náufragos allá por los años setentas.

En gustos no hay nada escrito, eso está claro. Quizás con mis amigos, a la hora de comprar cerveza por java, lo encontrábamos chistoso y a la vez, demostraba hombría -según nosotros-. Eso de ir por la calle con una java de cerveza nos hacía pensar que éramos fuertes y machos. Vaya error que sufridamente confirmaba cada vez que jalaba de la cadena del baño.
Con el tiempo, y como es común en los estudiantes, me cambié de cabaña. Llegué a parar a Pérez Rosales esquina Cochrane. Justo en frente otra botillería. Para mi suerte, fue ahí donde conocí la cerveza artesanal valdiviana.

Digamos que en los últimos cinco años, ha habido una explosión en la fabricación de cerveza artesanal. Esto debido a los exigentes paladares de ciertos sectores sociales, ya que en este último tiempo también ha estado muy de moda el término “gourmet”. Bajo esta premisa es que las cervecerías independientes empiezan a cobrar vida. Otra de las razones es el bajo costo que se requiere para levantar una cervecera: 1 millón 500 mil pesos aproximadamente. Ahora, si a estos factores le sumamos un sustantivo propio llamado Valdivia, lo más seguro es que surjan muchos emprendedores. Y es que por tradición nuestra ciudad ha sido testigo de maestros cerveceros, desde la cervecería Andwanter -comprada años más tarde por cervecería Kuntsmann-, hasta la cervecería Cuello Negro en la actualidad.
Pero, ¿a qué punto puede llegar a ser popular una cerveza artesanal por sobre la típica cerveza de litro que comúnmente se consume? ¿qué locales venden estas cervezas? ¿quiénes son los millonarios que la consumen y por qué la consumen? Buaaa! Tantas preguntas en mi cabeza me dieron sed. Arreglaré mi situación económica, luciré mis mejores atuendos y me convertiré en un verdadero Bronislaw Malinowski.

La tomatera abc 1.

Entendí que no podía seguir consumiendo cerveza de java estando en Valdivia. Debía de algún modo conocer la realidad etílica de los antros valdivianos más connotados en donde expenden este elixir de gran calidad. Fue así como llegué al primer bar de buena muerte: “La última frontera”. Antes había entrado a este local pero en el “modo turista”, llevando a amigos de otras ciudades a que conozcan la hermosura de su decoración, la “onda” del lugar, la calidez y sencillez de quienes lo atienden. Pero digamos que los precios se disparan un poco para un universitario promedio, que bebe cerveza promedio y que realiza reportajes estúpidos y sin trascendencia para tener un buen promedio. En esto de los precios seré sincero, pero no cabe en mi mente que una escudo de litro esté bordeando los 2500 pesos. Vaya sacrilegio. ¿Qué dirá el santo padre?

Cerveza Cuello Negro
Foto: Luis Felipe Alfaro Bohle
La noche recién comenzaba, yo me acomodé en la única mesa que a esa hora estaba disponible; para mi sorpresa el lugar estaba lleno. Lleno de gente que quizás alguna vez vi pero que no sabía quiénes eran. A este bar van generalmente esa generación hoy llamada “adulto-joven”, digamos que tirando para viejos también. Es un bar sumamente alternativo, con decoraciones que se escapan del impresionismo o del cubismo. Todo parece ser algo dentro del recinto, cada cosa cobra vida; desde una maraña de hojas colgando con pita de cáñamo hasta una tetera antigua raída por el tiempo posada en el marco de una de las grandes ventanas por donde respira luz esta gigantesca casona ubicada en Yerbas Buenas esquina Pérez Rosales.

Valtare fue la cerveza que escogí para empezar esta ruta de la cerveza artesanal. No la había escuchado ni en pelea de perros pero a mi modo de ver, la Valtare Colorina fue la que me llamó de inmediato la atención por sus 11° de alcohol. Inédito. Era como tomarse un shop de Cabernet Sauvignon. Sinceramente no soy catador de cervezas, sólo me gustan y he llegado al extremo que me gusten demasiado que traen consigo una serie de represalias en mi sistema digestivo. Valtare colorina es de esas cervezas que te engañan. Tiene un cuerpo muy rico a la hora de saborearla y de ingerirla, pero su graduación alcohólica pasa piola, esto hace que te vayas por lo dulce. Todo depende igual de tu resistencia; si eres un vikingo lo más probable es que no te haga ni cosquillas, pero si eres chapita lo más seguro es que conozcas el beso asfáltico.

Cuando estaba por terminar el primer shop de medio litro de la colorina, pasó el mesero al cual le pido otro shop, pero esta vez

un Cuello Negro Stout. Este ya lo había probado, pero hoy tenía que embriagarme y conocer la curadera con cerveza abc1 por así decirlo.

Mientras esperaba el siguiente trago, empecé a mirar para todos lados. Típico de cuando andas solo. Una de dos, o miras a todos lados o te haces el imbécil pues te ves aún más imbécil y depresivo bebiendo solo en una mesa, mientras que el resto se divierte. Es en este momento cuando las cosas sin mayor relevancia adquieren una gran importancia; el servilletero le encuentras la marca, cuentas la cantidad de servilletas que hay en él y si eres más rápido te guardas algunas en el bolsillo en caso de emergencia. Empiezas a leer los ingredientes de los condimentos. Hasta el salero se ve atractivo en esos minutos del terror mientras tu shop no llega. Como consejo, es bueno pararse e ir al baño aunque no tengas ganas; así pasa más rápido el tiempo.

Al fin llegó ese bendito elixir. Apenas entra a mi cuerpo comprendo el por qué esta cerveza ganó medalla de oro el 2011 en la Copa de Cervezas de América como la mejor cerveza. Qué orgullo, replicaba mi subconsciente y cada sorbo se volvía más ancho, más largo y con mayor capacidad cúbica de mis cachetes. Impresionante o no, pero es tan sabrosa la Cuello Negro que no alcanzó a durar diez minutos.

Mi billetera empezó a tiritar cuando posé sobre la mesa el jarro de cerveza vacío. Saqué mi billetera y rápidamente pedí otro. Qué me importa repliqué, para eso trabajo.
A todo esto, el ambiente ya estaba on fire. Viernes en la noche en La Última Frontera es cuando se junta lo más selecto de las artes, del cine, académicos y uno que otro universitario que va a pasar un momento agradable. Y al fondo, al lado de la ventana estaba yo, sentado mirando nuevamente las servilletas esperando por un nuevo round de cerveza artesanal.
El consumo de estas cervezas artesanales en este local doblega ampliamente a las cervezas convencionales de litro. Esto, según un acucioso estudio al ojímetro que realicé mesa por mesa, percatándome que la mayoría bebía cerveza artesanal. Contabilicé al menos once mesas (durante mi ida al baño) en donde existía presencia de cerveza valdiviana. Me armé de valor y pregunté en una mesa cualquiera. Una pareja de tecnólogos médicos bebían Cuello Negro Golden, y la preferían porque a pesar de costar más dinero, elegían la calidad de la cerveza, sus ingredientes y sobre todo el sabor. En precio no escatiman, pues supongo su sueldo es acorde a sus gustos.

Por ahí va la cosa dije al sentarme. El público que llega esta cerveza es acorde a sus gustos por la cerveza o bien dependiendo del sueldo. Un shop de Cuello Negro y de Valtare de 500cc está a 2.500 pesos aproximadamente, que es barato considerando que en este mismo local la escudo de litro está a 2500 aproximadamente. Pero como dicen por ahí, las chauchas son las que dejan.

Al parecer la cerveza artesanal te agarra firme y rápido. Llevo casi una hora en este local, la silla ya me es incómoda, no converso con nadie y la gente ya empieza a mirarme como un pobre angelito. Pero al otro extremo de donde estoy situado, está la segunda barra que posee este local, y me llamó la atención que no paran de servir shop artesanal. El degustar mi cerveza ya es cosa del pasado. En ese momento fue cuando decidí emigrar hacia otro local, probar otras cervezas y cumplir mi objetivo: embriagarme con cerveza artesanal y encontrar el por qué está teniendo cada vez más adeptos en la ciudadanía

La sobriedad de mis pasos.

Cerveza Selva Fría.
Foto: Luis Felipe Alfaro Bohle
Ocho mil pesos dejé de recuerdo sobre la cuenta que llegó más rápida que cuando pedía los shop. Abroché mi chaqueta, ingresé al baño que huele a baño de mujer y que tiene pegados un centenar de afiches, entre esos los que defendían a los cisnes. Mi próximo destino era incierto; mis pasos -aún sobrios- caminaban desorientados en busca de otros tipos de cerveza artesanal. Fue así como recordé que existía un bar llamado “Klandestinov”; algo así como un antro bolchevique. Debe su nombre al parecer pues está metido entre dos estructuras y su único ingreso es tan angosto que tuve que entrar de lado, a pesar que no poseo gran cantidad de ponchera. Este bar es algo más económico. Por dentro posee sillas y mesas bien raras; las sillas se constituyen de tres planchas de madera y que tiene una cuarta plancha que sirve de respaldo. Se asemeja a una estrella pero qué más da, vine a beber y no a dármelas de Federico Sánchez Villaseca. Aquí parece todos se conocen. La atención eso si es más rápida. En la barra al parecer está el dueño que conversa airadamente con unos amigos. Ríen, conversan, se estiran, salen a fumar y vuelven a derrochar toneladas de carcajadas.
La mesera se acerca y me ofrece la carta. Veo en esa lista un montón de tragos que nunca había escuchado: Clavo oxidado, ¿acaso produce tétano?, daiquiri, ruso negro, etc. Más abajo aparecía en cervezas artesanales la mítica Selva Fría. No cabía duda, mi próxima elección.
Llegó a la mesa en un santiamén acompañado de un plato pequeño con cabritas saladas; supongo que son para que me de más sed y así consuma más, pues bueno, aquí voy.

La verdad es que nunca había probado esta cerveza oriunda de Punucapa, pequeño villorio ubicado a orillas del río Cruces a unos 20 kilómetros de Valdivia. Según cuentan, el dueño de esta cerveza era socio con el dueño de la Cuello Negro, pero tuvieron sus diferencias y ahora cada uno tiene su marca. Selva Fría el 2011 obtuvo medalla de plata en la misma competencia donde Cuello Negro se coronó campeón. Dato a considerar. Al lado mío un par de estudiantes que hablan de música. Me miran con cara de incredulidad pues observo su mesa con detención para ver qué están consumiendo. Pues bueno, ellos son del lado verde, consumen Heinekken de litro, mientras que yo, saboreo las bondades de la cerveza artesanal. El lugar está calentito e ideal para beber. La música es suave aunque algo trillada; algo me dice que se quedaron pegados en Europa o en gringolandia. El espacio es pequeño y da la sensación que estás tomando en el living de tu casa. Bueno, mi casa no posee linving pero este local de ahora en adelante será mi living. Aquí sólo venden botellas de Selva Fría, en su variedad roja y negra. La primera que pedí fue roja y me impresionó. Es muy suave y dulce, exquisita en el paladar, con un aroma y cuerpo que deleita a cualquiera. Esta cerveza te deja la sensación por varios minutos en el paladar y no es necesario recurrir a beber de inmediato. Entretanto, las idas al baño son más seguidas. Las carcajadas se empiezan a distorsionar y a pesar que no hablo con nadie, se me enredan los pensamientos. Ya estoy sintiendo los efectos de cervezas valdivianas.
Luego de ingerir cuatro botellas de Selva Fría en el mítico KlandestinoV decidí emigrar a otro bar: en mi mente aparecía el jolgorioso Punto de Quiebre.

Adversidades.

Con las manos en los bolsillos camino por entre las veredas oscuras de la noche valdiviana. A lo lejos se escucha gente disfrutando, otros camino a sus casas, y otros que no sé que hacen parados en medio de las plazas con un frío que cala los huesos. Mi mente ya estaba confundida, el trago estaba haciendo efecto, pero alcé la vista y continué mi trecho. Al llegar, vaya sorpresa, estaban cobrando entrada. Con poco dinero en los bolsillos entré de igual forma. Adentro me esperaba la cerveza Cruces, que a mi parecer no me gustó. No sé si fue lo frío del ambiente o que verdaderamente mi paladar ya no reconocía los sabores. Lo cierto es que es artesanal y cuesta dos mil pesos la botella de 330cc. Gasté mis últimos seis mil pesos en tres botellas de estas y al cabo de un rato ya estaba ebrio, teniendoque desembolsar el saldo de emergencia destinado para el taxi: “una becker de litro por favor”. La cerveza artesanal si bien es cierto es muy buena, pero digamos que afecta seriamente al bolsillo, pues así, volví a la época de las javas, pero esa noche Chile no jugaba. Habré estado un poco más de una hora, y agobiado por el frío del local decidí emprender el vuelo hacia mi casa. La órbita de racionalidad se alejó de mi humanidad y salí raudamente a la calle.

No sé que era lo que había esa noche en el casino pero me llamó la atención un tumulto de gente a las afueras. En estado de intemperancia decidí hacer valer el oficio y preguntar sobre la cerveza artesanal. Al llegar me percato que son jóvenes como yo, que querían entrar a una discoteque llamada XS y mientras hacían la fila entrevistaba a gente igual o en peor estado que yo. Me sorprendieron las respuestas, pues yo les hablaba de cervezas artesanales y me nombraban Kuntsmann y Salzburg. ¿Qué raro no? Por lo general todos coincidían que las cervezas artesanales son muy caras pero que valen su precio y que si tuvieran los recursos beberían toda su vida de esos mágicos menjunjes. Con mi labor como periodista resuelta, tuve que afrontar una larga caminata, exactamente desde el puente Pedro de Valdivia hasta la copa de agua ubicada en calle Picarte. Solo, con las manos en los bolsillos, ebrio, dosorbitado, tropezando con los desniveles de las veredas que más bien parecen soldados vietnamitas, pues aparecen de la nada desde el suelo y ¡paf!, tropiezas y te ríes sólo de tu actual estado. Aquí es cuando aflora el sentimiento por la ciudad de origen y empiezas a tararear la canción o himno de tu ciudad, y en un acto irreproducible e ilegal, comencé a cantar, cual Eduardo Franco de Los Iracundos. “Me alejé de ti, sin saber,por qué” a viva voz mientras retornaba a a casa por calle Picarte

Pensar en qué pensar: La peregrinación al estilo vía crucis por calle Picarte a altas horas de la madrugada.

Con esta dramática experiencia, creo que muchas veces las personas son prejuiciosas respecto del valor de cada cerveza, pero sacando cuentas, gasté 24 mil pesos sin contar locomoción, y esos 24 mil eran todo lo que tenía., entonces, ¿es realmente conveniente embriagarse con cerveza artesanal? Es capital nacional la ciudad de Valdivia? A mi parecer si, pues es muy sabrosa y el dinero que salga no se compra en payasadas que al otro día te dejarán la feroz caña. Quizás aquí se cumple fielmente aquella premisa que reza: “cantidad no es calidad”, y bueno, precisamente aún que haya tomado artesanal, igual desperté con un dolor gigante en la cabeza. Mal que mal tomé casi cuatro litros de cerveza artesanal y una de las convencionales. Y si, es una cerveza que efectivamente está hecha para paladares que gusten de la buena cerveza, quizás. O para paladares de billeteras de cuero genuíno.

Mientras tanto, el frío y soledad de la noche cobijaban la pequeña apertura de los diafragmas que tengo posados sobre los pómulos hinchados de alcohol. ¡He quedado ebrio con la mejor cerveza de Chile!
Es curioso, pero a las cuatro de la madrugada, caminar ebrio por las calles de Valdivia es todo un desafío, pues siempre he hecho el mismo trecho pero sobrio, y esta vez veía puras luces.

De tanto balbucear y caminar raudo llegué a casa. Me tiré a la cama a despejar un poco la mente. ¡Al carajo los proceso de fabricación y sacar cuñas de qué ingrediente es mejor o cuál no!. De un brinco me posé sobre el escritorio y empecé a escribir en parte lo que recordaba. Y ahí estaba yo, nuevamente ebrio. No había nada en especial. Nada nuevo bajo el sol.