In
situ: Valdivia es la capital cervecera de Chile.
Traspies, sinsabores, aciertos y derroches de dinero. Muchos factores y sensaciones hicieron que me involucre en los más diversos antros valdivianos en busca de la receta perfecta, aquella que no está en ningún libro, ni en la del más ávido cervecero europeo, aquella receta llamada Valdivia Capital cervecera y sus consecuencias tras una noche de carrete con copete abc1.
| Una gran verdad. Foto: Luis Felipe Alfaro Bohle. |
Por:Luis Felipe Alfaro Bohle. (Periodismo gonzo)
Ya van casi cuatro años
desde que llegué proveniente de Puerto Montt a estudiar a Valdivia.
He hecho muchas cosas, desde abandonar una carrera porque lisa y
llanamente no me gustó, hasta comprar javas y javas de cerveza para
alentar a la roja cada vez que jugaba. Digamos que todo esto no fue
pérdida de tiempo, si no que más bien, fue una pincelada a cómo es
vivir -de boliche en boliche- como interpretaban Los Náufragos allá
por los años setentas.
En gustos no hay nada
escrito, eso está claro. Quizás con mis amigos, a la hora de
comprar cerveza por java, lo encontrábamos chistoso y a la vez,
demostraba hombría -según nosotros-. Eso de ir por la calle con una
java de cerveza nos hacía pensar que éramos fuertes y machos. Vaya
error que sufridamente confirmaba cada vez que jalaba de la cadena
del baño.
Con el tiempo, y como es
común en los estudiantes, me cambié de cabaña. Llegué a parar a
Pérez Rosales esquina Cochrane. Justo en frente otra botillería.
Para mi suerte, fue ahí donde conocí la cerveza artesanal
valdiviana.
Digamos que en los
últimos cinco años, ha habido una explosión en la fabricación de
cerveza artesanal. Esto debido a los exigentes paladares de ciertos
sectores sociales, ya que en este último tiempo también ha estado
muy de moda el término “gourmet”. Bajo esta premisa es que las
cervecerías independientes empiezan a cobrar vida. Otra de las
razones es el bajo costo que se requiere para levantar una
cervecera: 1 millón 500 mil pesos aproximadamente. Ahora, si a estos
factores le sumamos un sustantivo propio llamado Valdivia, lo más
seguro es que surjan muchos emprendedores. Y es que por tradición
nuestra ciudad ha sido testigo de maestros cerveceros, desde la
cervecería Andwanter -comprada años más tarde por cervecería
Kuntsmann-, hasta la cervecería Cuello Negro en la actualidad.
Pero, ¿a qué punto
puede llegar a ser popular una cerveza artesanal por sobre la típica
cerveza de litro que comúnmente se consume? ¿qué locales venden
estas cervezas? ¿quiénes son los millonarios que la consumen y por
qué la consumen? Buaaa! Tantas preguntas en mi cabeza me dieron sed.
Arreglaré mi situación económica, luciré mis mejores atuendos y
me convertiré en un verdadero Bronislaw Malinowski.
La tomatera abc 1.
Entendí que no podía
seguir consumiendo cerveza de java estando en Valdivia. Debía de
algún modo conocer la realidad etílica de los antros valdivianos
más connotados en donde expenden este elixir de gran calidad. Fue
así como llegué al primer bar de buena muerte: “La última
frontera”. Antes había entrado a este local pero en el “modo
turista”, llevando a amigos de otras ciudades a que conozcan la
hermosura de su decoración, la “onda” del lugar, la calidez y
sencillez de quienes lo atienden. Pero digamos que los precios se
disparan un poco para un universitario promedio, que bebe cerveza
promedio y que realiza reportajes estúpidos y sin trascendencia para
tener un buen promedio. En esto de los precios seré sincero, pero no
cabe en mi mente que una escudo de litro esté bordeando los 2500
pesos. Vaya sacrilegio. ¿Qué dirá el santo padre?
| Cerveza Cuello Negro Foto: Luis Felipe Alfaro Bohle |
La noche recién
comenzaba, yo me acomodé en la única mesa que a esa hora estaba
disponible; para mi sorpresa el lugar estaba lleno. Lleno de gente
que quizás alguna vez vi pero que no sabía quiénes eran. A este
bar van generalmente esa generación hoy llamada “adulto-joven”,
digamos que tirando para viejos también. Es un bar sumamente
alternativo, con decoraciones que se escapan del impresionismo o del
cubismo. Todo parece ser algo dentro del recinto, cada cosa cobra
vida; desde una maraña de hojas colgando con pita de cáñamo hasta
una tetera antigua raída por el tiempo posada en el marco de una de
las grandes ventanas por donde respira luz esta gigantesca casona
ubicada en Yerbas Buenas esquina Pérez Rosales.
Valtare fue la cerveza
que escogí para empezar esta ruta de la cerveza artesanal. No la
había escuchado ni en pelea de perros pero a mi modo de ver, la
Valtare Colorina fue la que me llamó de inmediato la atención por
sus 11° de alcohol. Inédito. Era como tomarse un shop de Cabernet
Sauvignon. Sinceramente no soy catador de cervezas, sólo me gustan y
he llegado al extremo que me gusten demasiado que traen consigo una
serie de represalias en mi sistema digestivo. Valtare colorina es de
esas cervezas que te engañan. Tiene un cuerpo muy rico a la hora de
saborearla y de ingerirla, pero su graduación alcohólica pasa
piola, esto hace que te vayas por lo dulce. Todo depende igual de tu
resistencia; si eres un vikingo lo más probable es que no te haga ni
cosquillas, pero si eres chapita lo más seguro es que conozcas el
beso asfáltico.
Cuando estaba por
terminar el primer shop de medio litro de la colorina, pasó el
mesero al cual le pido otro shop, pero esta vez
un Cuello Negro Stout.
Este ya lo había probado, pero hoy tenía que embriagarme y conocer
la curadera con cerveza abc1 por así decirlo.
Mientras esperaba el
siguiente trago, empecé a mirar para todos lados. Típico de cuando
andas solo. Una de dos, o miras a todos lados o te haces el imbécil
pues te ves aún más imbécil y depresivo bebiendo solo en una mesa,
mientras que el resto se divierte. Es en este momento cuando las
cosas sin mayor relevancia adquieren una gran importancia; el
servilletero le encuentras la marca, cuentas la cantidad de
servilletas que hay en él y si eres más rápido te guardas algunas
en el bolsillo en caso de emergencia. Empiezas a leer los
ingredientes de los condimentos. Hasta el salero se ve atractivo en
esos minutos del terror mientras tu shop no llega. Como consejo, es
bueno pararse e ir al baño aunque no tengas ganas; así pasa más
rápido el tiempo.
Al fin llegó ese bendito
elixir. Apenas entra a mi cuerpo comprendo el por qué esta cerveza
ganó medalla de oro el 2011 en la Copa de Cervezas de América como
la mejor cerveza. Qué orgullo, replicaba mi subconsciente y cada
sorbo se volvía más ancho, más largo y con mayor capacidad cúbica
de mis cachetes. Impresionante o no, pero es tan sabrosa la Cuello
Negro que no alcanzó a durar diez minutos.
Mi billetera empezó a
tiritar cuando posé sobre la mesa el jarro de cerveza vacío. Saqué
mi billetera y rápidamente pedí otro. Qué me importa repliqué,
para eso trabajo.
A todo esto, el ambiente
ya estaba on fire. Viernes en la noche en La Última Frontera es
cuando se junta lo más selecto de las artes, del cine, académicos y
uno que otro universitario que va a pasar un momento agradable. Y al
fondo, al lado de la ventana estaba yo, sentado mirando nuevamente
las servilletas esperando por un nuevo round de cerveza artesanal.
El consumo de estas
cervezas artesanales en este local doblega ampliamente a las cervezas
convencionales de litro. Esto, según un acucioso estudio al ojímetro
que realicé mesa por mesa, percatándome que la mayoría bebía
cerveza artesanal. Contabilicé al menos once mesas (durante mi ida
al baño) en donde existía presencia de cerveza valdiviana. Me armé
de valor y pregunté en una mesa cualquiera. Una pareja de tecnólogos
médicos bebían Cuello Negro Golden, y la preferían porque a pesar
de costar más dinero, elegían la calidad de la cerveza, sus
ingredientes y sobre todo el sabor. En precio no escatiman, pues
supongo su sueldo es acorde a sus gustos.
Por ahí va la cosa dije
al sentarme. El público que llega esta cerveza es acorde a sus
gustos por la cerveza o bien dependiendo del sueldo. Un shop de
Cuello Negro y de Valtare de 500cc está a 2.500 pesos
aproximadamente, que es barato considerando que en este mismo local
la escudo de litro está a 2500 aproximadamente. Pero como dicen por
ahí, las chauchas son las que dejan.
Al parecer la cerveza
artesanal te agarra firme y rápido. Llevo casi una hora en este
local, la silla ya me es incómoda, no converso con nadie y la gente
ya empieza a mirarme como un pobre angelito. Pero al otro extremo de
donde estoy situado, está la segunda barra que posee este local, y
me llamó la atención que no paran de servir shop artesanal. El
degustar mi cerveza ya es cosa del pasado. En ese momento fue cuando
decidí emigrar hacia otro local, probar otras cervezas y cumplir mi
objetivo: embriagarme con cerveza artesanal y encontrar el por qué
está teniendo cada vez más adeptos en la ciudadanía
La sobriedad de mis
pasos.
| Cerveza Selva Fría. Foto: Luis Felipe Alfaro Bohle |
Ocho mil pesos dejé de
recuerdo sobre la cuenta que llegó más rápida que cuando pedía
los shop. Abroché mi chaqueta, ingresé al baño que huele a baño
de mujer y que tiene pegados un centenar de afiches, entre esos los
que defendían a los cisnes. Mi próximo destino era incierto; mis
pasos -aún sobrios- caminaban desorientados en busca de otros tipos
de cerveza artesanal. Fue así como recordé que existía un bar
llamado “Klandestinov”; algo así como un antro bolchevique. Debe
su nombre al parecer pues está metido entre dos estructuras y su
único ingreso es tan angosto que tuve que entrar de lado, a pesar
que no poseo gran cantidad de ponchera. Este bar es algo más
económico. Por dentro posee sillas y mesas bien raras; las sillas se
constituyen de tres planchas de madera y que tiene una cuarta plancha
que sirve de respaldo. Se asemeja a una estrella pero qué más da,
vine a beber y no a dármelas de Federico Sánchez Villaseca. Aquí
parece todos se conocen. La atención eso si es más rápida. En la
barra al parecer está el dueño que conversa airadamente con unos
amigos. Ríen, conversan, se estiran, salen a fumar y vuelven a
derrochar toneladas de carcajadas.
La mesera se acerca y me
ofrece la carta. Veo en esa lista un montón de tragos que nunca
había escuchado: Clavo oxidado, ¿acaso produce tétano?, daiquiri,
ruso negro, etc. Más abajo aparecía en cervezas artesanales la
mítica Selva Fría. No cabía duda, mi próxima elección.
Llegó a la mesa en un
santiamén acompañado de un plato pequeño con cabritas saladas;
supongo que son para que me de más sed y así consuma más, pues
bueno, aquí voy.
La verdad es que nunca
había probado esta cerveza oriunda de Punucapa, pequeño villorio
ubicado a orillas del río Cruces a unos 20 kilómetros de Valdivia.
Según cuentan, el dueño de esta cerveza era socio con el dueño de
la Cuello Negro, pero tuvieron sus diferencias y ahora cada uno tiene
su marca. Selva Fría el 2011 obtuvo medalla de plata en la misma
competencia donde Cuello Negro se coronó campeón. Dato a
considerar. Al lado mío un par de estudiantes que hablan de música.
Me miran con cara de incredulidad pues observo su mesa con detención
para ver qué están consumiendo. Pues bueno, ellos son del lado
verde, consumen Heinekken de litro, mientras que yo, saboreo las
bondades de la cerveza artesanal. El lugar está calentito e ideal
para beber. La música es suave aunque algo trillada; algo me dice
que se quedaron pegados en Europa o en gringolandia. El espacio es
pequeño y da la sensación que estás tomando en el living de tu
casa. Bueno, mi casa no posee linving pero este local de ahora en
adelante será mi living. Aquí sólo venden botellas de Selva Fría,
en su variedad roja y negra. La primera que pedí fue roja y me
impresionó. Es muy suave y dulce, exquisita en el paladar, con un
aroma y cuerpo que deleita a cualquiera. Esta cerveza te deja la
sensación por varios minutos en el paladar y no es necesario
recurrir a beber de inmediato. Entretanto, las idas al baño son más
seguidas. Las carcajadas se empiezan a distorsionar y a pesar que no
hablo con nadie, se me enredan los pensamientos. Ya estoy sintiendo
los efectos de cervezas valdivianas.
Luego de ingerir cuatro
botellas de Selva Fría en el mítico KlandestinoV decidí emigrar a
otro bar: en mi mente aparecía el jolgorioso Punto de Quiebre.
Adversidades.
Con
las manos en los bolsillos camino por entre las veredas oscuras de la
noche valdiviana. A lo lejos se escucha gente disfrutando, otros
camino a sus casas, y otros que no sé que hacen parados en medio de
las plazas con un frío que cala los huesos. Mi mente ya estaba
confundida, el trago estaba haciendo efecto, pero alcé la vista y
continué mi trecho. Al llegar, vaya sorpresa, estaban cobrando
entrada. Con poco dinero en los bolsillos entré de igual forma.
Adentro me esperaba la cerveza Cruces, que a mi parecer no me gustó.
No sé si fue lo frío del ambiente o que verdaderamente mi paladar
ya no reconocía los sabores. Lo cierto es que es artesanal y cuesta
dos mil pesos la botella de 330cc. Gasté mis últimos seis mil pesos
en tres botellas de estas y al cabo de un rato ya estaba ebrio, teniendoque desembolsar el saldo de emergencia destinado para el taxi: “una becker de
litro por favor”. La cerveza artesanal si bien es cierto es muy
buena, pero digamos que afecta seriamente al bolsillo, pues así,
volví a la época de las javas, pero esa noche Chile no jugaba.
Habré estado un poco más de una hora, y agobiado por el frío del
local decidí emprender el vuelo hacia mi casa. La órbita de
racionalidad se alejó de mi humanidad y salí raudamente a la calle.
No
sé que era lo que había esa noche en el casino pero me llamó la
atención un tumulto de gente a las afueras. En estado de
intemperancia decidí hacer valer el oficio y preguntar sobre la
cerveza artesanal. Al llegar me percato que son jóvenes como yo, que
querían entrar a una discoteque llamada XS y mientras hacían la
fila entrevistaba a gente igual o en peor estado que yo. Me
sorprendieron las respuestas, pues yo les hablaba de cervezas
artesanales y me nombraban Kuntsmann y Salzburg. ¿Qué raro no? Por
lo general todos coincidían que las cervezas artesanales son muy
caras pero que valen su precio y que si tuvieran los recursos
beberían toda su vida de esos mágicos menjunjes. Con mi labor como
periodista resuelta, tuve que afrontar una larga caminata,
exactamente desde el puente Pedro de Valdivia hasta la copa de agua
ubicada en calle Picarte. Solo, con las manos en los bolsillos,
ebrio, dosorbitado, tropezando con los desniveles de las veredas que
más bien parecen soldados vietnamitas, pues aparecen de la nada
desde el suelo y ¡paf!, tropiezas y te ríes sólo de tu actual
estado. Aquí es cuando aflora el sentimiento por la ciudad de origen
y empiezas a tararear la canción o himno de tu ciudad, y en un acto
irreproducible e ilegal, comencé a cantar, cual Eduardo Franco de
Los Iracundos. “Me alejé de ti, sin saber,por qué” a viva voz
mientras retornaba a a casa por calle Picarte
Pensar
en qué pensar: La peregrinación al estilo vía crucis por
calle Picarte a altas horas de la madrugada.
Con
esta dramática experiencia, creo que muchas veces las personas son
prejuiciosas respecto del valor de cada cerveza, pero sacando
cuentas, gasté 24 mil pesos sin contar locomoción, y esos 24 mil
eran todo lo que tenía., entonces, ¿es realmente conveniente
embriagarse con cerveza artesanal? Es capital nacional la ciudad de
Valdivia? A mi parecer si, pues es muy sabrosa y el dinero que salga
no se compra en payasadas que al otro día te dejarán la feroz caña.
Quizás aquí se cumple fielmente aquella premisa que reza: “cantidad
no es calidad”, y bueno, precisamente aún que haya tomado
artesanal, igual desperté con un dolor gigante en la cabeza. Mal que
mal tomé casi cuatro litros de cerveza artesanal y una de las
convencionales. Y si, es una cerveza que efectivamente está hecha
para paladares que gusten de la buena cerveza, quizás. O para
paladares de billeteras de cuero genuíno.
Mientras
tanto, el frío y soledad de la noche cobijaban la pequeña apertura
de los diafragmas que tengo posados sobre los pómulos hinchados de
alcohol. ¡He quedado ebrio con la mejor cerveza de Chile!
Es
curioso, pero a las cuatro de la madrugada, caminar ebrio por las
calles de Valdivia es todo un desafío, pues siempre he hecho el
mismo trecho pero sobrio, y esta vez veía puras luces.
De
tanto balbucear y caminar raudo llegué a casa. Me tiré a la cama a
despejar un poco la mente. ¡Al carajo los proceso de fabricación y
sacar cuñas de qué ingrediente es mejor o cuál no!. De un brinco
me posé sobre el escritorio y empecé a escribir en parte lo que
recordaba. Y ahí estaba yo, nuevamente ebrio. No había nada en
especial. Nada nuevo bajo el sol.