¿Has sentido alguna vez el
viento de la Patagonia? ¿Has escuchado el trepidante sollozo de sus
mandíbulas atiborradas en los pastizales? Seguramente estás
acostumbrado al ruido de ciudad y sus matices que encandilan la
ceguera por no conocer más allá de tus fronteras.
La Patagonia
es única; estás parado en medio de la nada y solo. Empiezas a
percibir el sonido eólico que penetra hasta tus venas. ¿Lo notas?
Es un silbido endemoniado. Es una carretera perspicaz en donde el
silencio de tu mente es apaciguada por los vestigios de antiguas
estancias corroídas por la ausencia de calor humano. En la Patagonia
el viento no tiene rumbo; patina y anda a caballazos; no se jacta de
tener piedad ante el más débil. Ulula las cabelleras más frondosas
del escaso bosque que rodea mis sienes aventureras. ¿Y qué crees
que pueda ocurrir si te encuentras empecinado por llevarle la contra?
Sabes acaso, ¿de dónde viene este soplido endemoniado?
El
viento a veces calma. Juega a engañarnos que sigue presente pero
simplemente atemoriza con querer barrer todo. Todo es nada o nada es
todo. Lo cierto es que el viento en la Patagonia lo es todo.
Hice
el ejercicio de pararme en medio una pampa patagónica y quedarme
inmóvil. Estoico:
Pero es que no he traído
brújula. El mapa de mi consciencia no delata la dirección del
viento. Al parecer atacará por el flaco derecho. No, grité a viva
voz, viene del norte, aunque presiento que atacará por el este. A
esta confusión, súmale el descubrimiento de un mallín; no es tan
grande pero refracta y divide las pretensiones del viento que arrasa
con mis sentidos. No te escondas le grité a los cuatro vientos.
Azota el agua con tus piernas y regálale una emoción a toda esa
agua estancada, dominada por la longevidad y la parsimonia. No me
hagas caso.
Cerré los ojos. El mallín
fue atacado. Una vez más no hubo tregua ni tratado internacional. El
viento no tiene fronteras. El viento ganó.
Abrí los ojos. Estaba
presente de nuevo. Sigiloso por momentos, voraz y atónito en otras
circunstancias. Patagonia...
Mi mente elucubraba temor al recordar
ciertas asperezas; campos minados azotaban la felicidad que merodeaba
en algo que unos llaman mente y otros llaman corazón. Un paso en
falso, tan sólo uno bastaba para extinguir los sentidos y avocarse a
la muerte. El pálpito sucumbía ante la desdicha. Mis ojos hinchados
de sangre salpicaban un hálito algo menos fuerte que mi contrincante
el viento. El tacto se tornó húmedo. Transpiraba adrenalina hacia
el exterior. Por muchos minutos, no volví a convocar al mate a la
reunión pre-establecida en mi boca. El olor era desesperación.
¿Qué
hace el hombre en este punto tan lejano del mundo, apartado de todo y
de todos queriendo descifrar hacia donde va el viento? ¿Acaso no
puede simplemente redimirse ante la idea ingrata de que el viento
trata de borrar las heridas de una guerra que no fue? ¿Por qué el
hombre dejó su pátina en este rincón de la Patagonia? ¿Por qué
no podemos dejar tranquilo al viento – siquiera- para que haga su
trabajo tranquilo? ¿Qué es eso de carteles de peligro? El viento no
sabe de eso, no comprende nuestro idioma, no conoce límites, no
conoce estratos sociales, no conoce aislamiento, no distingue lo que
es correcto o injusto. El viento no va a misa, no pela zanahorias ni
tampoco se escabulle en mares de egoísmo y egolatría. Su cuerpo es
apenas representado por nuestra imaginación. Posee piernas que le
permiten recorrer días enteros sin siquiera detenerse por un vaso de
agua. El es un abanderado de la libertad. Corre que te pillo, corre
que te pillo, corre que te pillo. A rienda suelta la imaginación.
Corre que te pillo. No claudiques. Corre que te pillo. Donde quiera
que vayas estará contigo. Corre que te pillo.
Recuerdo que
después volví a la ruta 255, tenía cosas que hacer. El campo
minado fue más que una tortura para el consciente de cualquier
mortal. Atiné a preparar el mate y a sacudir ceniza por entre mis
dedos. Abrí un libro y ahí estaba yo: sentado en la orilla de un
camino que nos han demarcado, tomando mate -e insisto-, leyendo un
libro. Mientras tanto, el viento volteaba las hojas del libro de mi
vida en esas australes tierras magallánicas.