miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿A dónde vas?

¿Has sentido alguna vez el viento de la Patagonia? ¿Has escuchado el trepidante sollozo de sus mandíbulas atiborradas en los pastizales? Seguramente estás acostumbrado al ruido de ciudad y sus matices que encandilan la ceguera por no conocer más allá de tus fronteras.
La Patagonia es única; estás parado en medio de la nada y solo. Empiezas a percibir el sonido eólico que penetra hasta tus venas. ¿Lo notas? Es un silbido endemoniado. Es una carretera perspicaz en donde el silencio de tu mente es apaciguada por los vestigios de antiguas estancias corroídas por la ausencia de calor humano. En la Patagonia el viento no tiene rumbo; patina y anda a caballazos; no se jacta de tener piedad ante el más débil. Ulula las cabelleras más frondosas del escaso bosque que rodea mis sienes aventureras. ¿Y qué crees que pueda ocurrir si te encuentras empecinado por llevarle la contra? Sabes acaso, ¿de dónde viene este soplido endemoniado?
El viento a veces calma. Juega a engañarnos que sigue presente pero simplemente atemoriza con querer barrer todo. Todo es nada o nada es todo. Lo cierto es que el viento en la Patagonia lo es todo.
Hice el ejercicio de pararme en medio una pampa patagónica y quedarme inmóvil. Estoico:
Pero es que no he traído brújula. El mapa de mi consciencia no delata la dirección del viento. Al parecer atacará por el flaco derecho. No, grité a viva voz, viene del norte, aunque presiento que atacará por el este. A esta confusión, súmale el descubrimiento de un mallín; no es tan grande pero refracta y divide las pretensiones del viento que arrasa con mis sentidos. No te escondas le grité a los cuatro vientos. Azota el agua con tus piernas y regálale una emoción a toda esa agua estancada, dominada por la longevidad y la parsimonia. No me hagas caso.
Cerré los ojos. El mallín fue atacado. Una vez más no hubo tregua ni tratado internacional. El viento no tiene fronteras. El viento ganó.
Abrí los ojos. Estaba presente de nuevo. Sigiloso por momentos, voraz y atónito en otras circunstancias. Patagonia...
Mi mente elucubraba temor al recordar ciertas asperezas; campos minados azotaban la felicidad que merodeaba en algo que unos llaman mente y otros llaman corazón. Un paso en falso, tan sólo uno bastaba para extinguir los sentidos y avocarse a la muerte. El pálpito sucumbía ante la desdicha. Mis ojos hinchados de sangre salpicaban un hálito algo menos fuerte que mi contrincante el viento. El tacto se tornó húmedo. Transpiraba adrenalina hacia el exterior. Por muchos minutos, no volví a convocar al mate a la reunión pre-establecida en mi boca. El olor era desesperación.
¿Qué hace el hombre en este punto tan lejano del mundo, apartado de todo y de todos queriendo descifrar hacia donde va el viento? ¿Acaso no puede simplemente redimirse ante la idea ingrata de que el viento trata de borrar las heridas de una guerra que no fue? ¿Por qué el hombre dejó su pátina en este rincón de la Patagonia? ¿Por qué no podemos dejar tranquilo al viento – siquiera- para que haga su trabajo tranquilo? ¿Qué es eso de carteles de peligro? El viento no sabe de eso, no comprende nuestro idioma, no conoce límites, no conoce estratos sociales, no conoce aislamiento, no distingue lo que es correcto o injusto. El viento no va a misa, no pela zanahorias ni tampoco se escabulle en mares de egoísmo y egolatría. Su cuerpo es apenas representado por nuestra imaginación. Posee piernas que le permiten recorrer días enteros sin siquiera detenerse por un vaso de agua. El es un abanderado de la libertad. Corre que te pillo, corre que te pillo, corre que te pillo. A rienda suelta la imaginación. Corre que te pillo. No claudiques. Corre que te pillo. Donde quiera que vayas estará contigo. Corre que te pillo.
Recuerdo que después volví a la ruta 255, tenía cosas que hacer. El campo minado fue más que una tortura para el consciente de cualquier mortal. Atiné a preparar el mate y a sacudir ceniza por entre mis dedos. Abrí un libro y ahí estaba yo: sentado en la orilla de un camino que nos han demarcado, tomando mate -e insisto-, leyendo un libro. Mientras tanto, el viento volteaba las hojas del libro de mi vida en esas australes tierras magallánicas.




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